Historias de Mena

Corrección a Miñano por F. Caballero sobre el Valle de Mena.

Cuaderno sexto de la Corrección fraterna que da al presbítero Miñano[1] D. F. Caballero[2]. (Concluye el artículo de Madrid, y se da cuenta de otros muchos dislates del Diccionarista como verá el curioso lector). Imprenta de E. Aguado, Madrid, 1827. Páginas 21 a 24.

MENA (valle de).

Cuaderno sexto de la Correccion fraterna que da al presbitero Miñano D. F. Caballero No me costará gran trabajo hacer la crítica que este articulo merece, teniendo a la vista los justos reparos que le han puesto los mismos meneses. En una de las juntas generales de regidores pedáneos se presentó por uno de sus individuos el tomo 6° del Diccionario, a cuya cabeza está el mapa y descripción del valle de Mena. Fueron tantos los errores que todos advirtieron, que el no indicárselos a V. me remordería la conciencia: pues los suscriptores se verían privados de estas aclaraciones, y de los suplementos que pueden motivar. En el mapa echaron de menos el monte Redondo y el río de Siones. Notaron que no está marcada la división del término de Villasana, cuya jurisdicción es de señorío, y distinta de la realenga del valle. Los de Haedo, las Fuentes, Abadía y Laya se envanecieron sobremanera al ver convertidos sus barrios en lugares, e hicieron gran rechifla de los de Edillo, que siendo lugar, ha quedado barrio y nada más. Se resintió su amor propio de que en el noble valle de Mena se haya comprendido a Santiago, Artieta y Santa Olaya, que pertenecen al de Tudela. Apenas pudieron comprender qué pueblos eran Bertedo, Trambasaguas y Terecedo, pues allí se llaman Bortedo, Entrambasaguas y Cereceda. Cuánto celebraron ver reedificadas las ermitas de las santas Magdalena, Petronila y Cecilia, que ellos veían arruinadas hace mucho tiempo. Un Te Deum hubieran entonado si los restos de las ermitas no les hicieran ver que la reedificación es ideal. Al empezar a leer el artículo se movió una acalorada discusión sobre el número de pueblos del valle. Unos se atenían al mapa, del que resultan 77; otros al tercer renglón que dice haber 55, y otros al final de la tercera columna, por el que resultan 52. Aunque no todos entendían de longitudes y latitudes, no faltó quien dijo que siendo éstas unas medidas, mal se podía saber la longitud y latitud de un valle que tiene 4 ½ leguas de largo y 3 de ancho, si no se fijaba el punto de él a que se referían. Mucho les dio que reír que en lugar de poner entre sus frutos las patatas, haya V. puesto las algarrobas. En lo gubernativo advirtieron que habla V. de cuatro procuradores, y nunca fueron más que dos; y que las juntas del parí ido de arriba se han cambiado con las del partido de abajo, de suerte que hay una danza de Giles y Velascos, Vallejos y Negretes, que parece han resucitado los antiguos bandos. ¿Y por qué suponer este orden existente, si se extinguió en virtud de la Real cédula de 17 de octubre de 1824? Lo que picó de veras a los de Mercadillo fue el ver que V. les quita las casas consistoriales, y la consideración de capital para ennoblecer a Entrambasaguas. Si supieran que esto podía perjudicarles en lo más mínimo, sostendrían un pleito, no digo con V., aunque fuera con el Preste Juan. También se enfadaron de que V. los crea en la necesidad de concurrir a la feria de Arceniega, y no tenga noticia de las dos ferias que se han concedido a Mercadillo. Todos convinieron en que de las 54 ermitas que V. supone debían bajarse 29, y por consiguiente había que aumentar 3 a las 22 del mapa. La pesada historia de la pura y rancia hidalguía de los meneses más les pareció pulla que elogio, y hubo quien al oír que los hijos de Jafet introdujeron la ley natural en el valle de Mena, soltó la carcajada tan de veras, que estuvo un cuarto de hora haciendo movimientos umbilicales. No produjo el mismo efecto de risa en un señor Cura que estaba presente, sino que cogiendo el tomo con grande enfado, acabó de leer lo que faltaba del artículo, y exclamó: vean Vmds, qué moral más perniciosa… hacer consistir la dicha y felicidad de los pueblos en tener frecuentes pleitos, en jugar y bailar, no tener más que algunas escuelas de primeras letras, ninguna de gramática, ni hospitales, ni ferias, ni comercio… ¿Y quién le ha dicho al señor don Sebastián que no tenemos ni siquiera una escuela de gramática ?… ¿No tiene entre los regidores de Madrid al patrono de la que se fundó en Concejero, que se halla establecida en Vallejo?… A cada pausa que hacia el señor Cura, los circunstantes que le miraban atentamente se santiguaban en señal de admiración, y hacían más cruces que si Satanás los embistiera; y hay quien cuenta que ha quedado en proverbio entre los meneses, mientes más que un Diccionario. Y en verdad que no son para menos treinta y tantos errores en este solo artículo. Si en las librerías en que V. vende su Diccionario hay alguna señora natural del valle de Mena, como creo que la hay, es muy reparable que no la haya consultado sobre su patria. Pero aún no es tarde. Aproveche V. la primera ocasión en que ajusten cuentas, y póngale un suplemento a este artículo, sin dar lugar a que lo haga su atento servidor q. s. m. b.

El Semi-geógrafo.

F. C.

[1]Sebastián de Miñano y Bedoya (Becerril de Campos, Palencia, 20 de enero de 1779 – Bayona, 6 de febrero de 1845).  Escritor, periodista, geógrafo, historiador y político afrancesado español. Es autor del Diccionario geográfico-estadístico de España y Portugal, (Madrid: Pierart-Peralta, 1826-1828, 11 vols). Es el más importante hasta la llegada del de Pascual Madoz. El geógrafo Fermín Caballero criticó a Miñano por las carencias de la obra. Entre otras deficiencias, critica que la principal fuente de información de Miñano seguía siendo, como en tiempos de Felipe II (las Relaciones), los curas párrocos «á cada uno de los cuales he escrito separadamente, pidiéndoles nociones ciertas y positivas de sus respectivos pueblos y de los inmediatos», y a quienes agradece su ayuda, además de al director de la Real Academia de la Historia, Martín Fernández de Navarrete, y al censor Juan Agustín Ceán Bermúdez

[2] Fermín Caballero y Morgáez (Barajas de Melo, Cuenca, 7 de julio de 1800 – Madrid, 17 de junio de 1876). Predicador, miliciano, profesor, abogado, administrador, geógrafo, crítico, censor, propietario, periodista, político liberal, académico de la Real Academia de la Historia, estadístico, polígrafo, filántropo y moralista. (Real Academia de la Historia).

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